Cuando el crimen organizado decide quién gobierna
En el programa de esta semana, analizamos el avance de la inseguridad y el crimen organizado en América Latina, la debilidad institucional que permite su expansión y la necesidad de generar oportunidades económicas para enfrentar sus causas de fondo.
Dionisio Gutiérrez inició recordando que las naciones sufren cuando aumenta el crimen, pero que se quiebran cuando las instituciones que deberían contenerlo se corrompen o son capturadas por quienes viven de violar la ley. Explicó que “una policía ineficiente puede corregirse, una fiscalía lenta puede reformarse, un tribunal débil puede fortalecerse; pero cuando policías, fiscales, jueces, alcaldes, diputados o ministros empiezan a responder a redes criminales, intereses mafiosos o políticos corruptos, el problema cambia de naturaleza. Ya no estamos frente a un Estado débil. Estamos frente a un Estado criminal”.
También señaló las consecuencias que enfrenta el ciudadano cuando el Estado es ocupado por funcionarios corruptos y organizaciones criminales: “Los primeros buscan poder; los segundos, impunidad. Se encuentran, se necesitan y terminan construyendo un sistema donde la ley estorba, la justicia se negocia y el presupuesto público se convierte en botín”.
Gutiérrez advirtió que la captura de las instituciones transforma aquello que parecía una anomalía en una cultura: “Cuando el Estado es capturado por una cuadrilla de pícaros con títulos oficiales; cuando las instituciones dejan de cumplir su función, la sociedad pierde la estructura que hace posible la convivencia civilizada”.
También mencionó la responsabilidad de las élites y de quienes se mantienen al margen de la vida pública: “Cuando la gente capaz abandona las instituciones, las instituciones no quedan vacías. Las ocupan otros”. Y recordó que “la democracia no funciona solamente porque haya elecciones”, sino cuando las instituciones cumplen su función y existe una cultura política capaz de castigar la corrupción en lugar de premiarla.
Para finalizar, Gutiérrez afirmó que “la batalla por la seguridad es, en el fondo, una batalla por la calidad del Estado”. Así como destacó que “los países fracasan porque sus instituciones fracasan” y que “no hay ciudadanía exitosa dentro de Estados débiles”.
En el siguiente segmento, Dionisio Gutiérrez entrevistó a Jonatán Lemus, doctor en ciencias políticas, sobre el avance de la inseguridad y el crimen organizado en América Latina.
Lemus advirtió que la inseguridad en América Latina está estrechamente vinculada con la fortaleza de las instituciones. A su juicio, “la debilidad de las instituciones tiene mucho que ver” con la expansión de la violencia, pues “las instituciones son necesarias para contener [este fenómeno]”. Explicó que el delito puede ser contenido cuando existe “una certeza de que el delito, la violencia utilizada de forma ilegítima, va a ser castigada”.
Sobre el llamado modelo salvadoreño, Lemus señaló que su aplicación en otros países enfrenta importantes dificultades. Explicó que el esquema depende de “suspender derechos constitucionales”, del encarcelamiento masivo y de un conjunto de medidas que algunos denominan “populismo punitivo”. Sin embargo, destacó que existe un elemento fundamental: “lo clave al final es el control institucional”. Según Lemus, sin ese control sobre los distintos poderes del Estado, “todo el modelo básicamente deja de funcionar”.
El analista también diferenció el desafío que enfrentan países como México frente al que enfrentó El Salvador. En México, explicó, “es muy diferente enfrentar el problema cuando te enfrentas a carteles de droga mucho más organizados”, además de que existen diferencias entre los gobiernos estatales y el federal en el control de las fuerzas policiales. Para Lemus, estas complejidades hacen que “la amenaza” sea mucho más difícil de enfrentar.
También destacó que “las políticas de mano dura son muy populares”, afirmó, pero subrayó que “la naturaleza del líder que impulsa a estas políticas es importante”. Al comparar las trayectorias de El Salvador y Ecuador, sostuvo que la estabilidad de la base política de un gobierno puede ser determinante, especialmente porque para los líderes que llegan como outsiders “es mucho más difícil mantener apoyo cuando no logran dar resultados inmediatos”.
Respecto de Brasil, Lemus señaló que la falta de una respuesta estatal efectiva puede llevar a la ciudadanía a respaldar soluciones de corto plazo. Explicó que, ante la ausencia de “una acción decidida del Estado”, algunos ciudadanos pueden ver en los grupos de vigilancia una respuesta a la problemática. Sin embargo, advirtió que este tipo de políticas “son de corto plazo” y que su respaldo puede surgir “más por una especie de frustración, que por una solución sostenible en el tiempo”.
Lemus también abordó la relación entre crimen organizado y democracia. Explicó que la violencia puede generar un círculo difícil de romper: “la violencia debilita las instituciones, y las instituciones débiles dan más paso para más violencia”. Además, señaló que las organizaciones criminales pueden intervenir en los procesos políticos mediante la violencia y el financiamiento de campañas, aprovechando las oportunidades que surgen en contextos democráticos.
El analista advirtió además que el crimen organizado ya no debe entenderse únicamente como una estructura paralela al Estado. Afirmó que las estructuras actuales son una fusión, al señalar que las organizaciones criminales han extendido sus actividades hacia ámbitos como la trata de personas e incluso el control de determinados servicios públicos. “Todavía quizás hay tiempo para actuar, pero creo que cada vez se hace más tarde”, agregó.
Finalmente, Lemus vinculó la inseguridad con la falta de oportunidades económicas. “Sin duda alguna creo que es una de las causas de fondo al no haber oportunidades”, señaló. Explicó que la violencia y la falta de perspectivas también contribuyen a la migración, pues las personas buscan no solo escapar de la violencia, sino también acceder a “una oportunidad para tener una vida digna”. En este sentido, sostuvo que los Estados pueden “eliminar las trabas para las inversiones, dar certeza a esas inversiones” e impulsar proyectos de infraestructura que permitan que los países prosperen y reduzcan los incentivos para que sus ciudadanos “se unan a una organización criminal o para migrar”.
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Dionisio Gutiérrez inició abordando el alto costo que América Latina ha pagado por la alianza entre la política y el crimen, con Estados penetrados por mafias, gobiernos que negocian con organizaciones criminales y estructuras públicas que terminan sirviendo a quienes deberían combatir. Advirtió que “cuando eso ocurre, la república deja de ser casa de ciudadanos, la ley se vuelve selectiva, la justicia pierde autoridad y la política, en vez de ordenar la convivencia, administra miedo, impunidad y clientelismo”.
Sanz explicó que el crimen organizado actual es “una red de poder político, de poder económico y de control territorial”, mucho más diversificada y tecnificada que en el pasado. A su juicio, comprender su dimensión en América Latina exige reconocer “un factor de constante infiltración o alianza con estructuras políticas y con estructuras estatales”.
Dionisio Gutiérrez inició recordando que, a lo largo de la historia, el ser humano ha tenido que enfrentar no solo sus propios errores, sino también los “humores de la naturaleza”: sequías, inundaciones, incendios, tormentas y terremotos. Y, cuando estos fenómenos ocurren, dejan “violencia, destrucción, pobreza, migración y dolor. Cambia paisajes, vacía pueblos, arruina cosechas, obliga a familias enteras a empezar de nuevo”, señaló. Es así como recordamos que no somos dueños del mundo, sino huéspedes.
Guerra inició
Por su parte, Bolaños advirtió que uno de los principales problemas frente a los fenómenos climáticos es la dificultad de los gobiernos para pensar más allá del corto plazo. “Nos cuesta ver mucho más allá del mes” y, en el ámbito político, “nos cuesta ver más allá de los años [en el gobierno]”, señaló. A su juicio, esta limitación provoca que los países subestimen riesgos que pueden tardar años en repetirse: “Así que es un tema de miopía”.
Dionisio Gutiérrez inició con una fábula sobre un gobernante que repartía monedas que no eran suyas, mientras una multitud aplaudía sin preguntar quién había llenado la bolsa ni qué ocurriría cuando se agotara. A partir de esta historia, explicó una de las grandes desgracias de Iberoamérica:
Bonilla inició resaltando que la dinámica populista se repite bastante en el continente: “Detrás está la idea de que muchos de los problemas que enfrentamos se pueden resolver con mayor gasto público, mayor inversión del Estado”. Sin embargo, aseguró que esta es una “trampa” y las “expectativas de la gente se ven decepcionadas”. 
Dionisio Gutiérrez inició señalando que China es hoy una gran potencia, aunque advirtió que poder no es lo mismo que grandeza ni garantiza liderazgo. Explicó que las naciones verdaderamente grandes no se miden solo por lo que producen o conquistan, sino por la dignidad que reconocen a cada uno de sus ciudadanos libres. En ese sentido, afirmó que “El Partido Comunista ha confundido obediencia con estabilidad, silencio con consenso y miedo con legitimidad”.
Fernández advirtió sobre los riesgos de la dependencia tecnológica frente a China, especialmente por la expansión de su infraestructura digital y sistemas de vigilancia. Señaló que estas tecnologías penetran silenciosamente y generan “dinámicas de dependencia” entre los países y el proveedor, con “menos transparencia”, “más opacidad” y mayor control sobre la provisión, almacenamiento y procesamiento de la información. A su juicio, China está utilizando esta estrategia de manera deliberada: “es el país más video-vigilado del mundo” y está exportando esa tecnología, “generando ciertas dinámicas de dependencia muy peligrosas”.
Dionisio Gutiérrez relató la historia de Martín, un joven que, en medio de la incertidumbre que vive el mundo, buscaba respuestas ante los conflictos, la inestabilidad y la falta de certezas sobre el futuro. A través de ese relato, reflexionó sobre las guerras, el poder, las dificultades económicas y los desafíos que enfrentan las nuevas generaciones.
Trujillo advirtió que los acuerdos internacionales han perdido valor cuando las partes carecen de credibilidad. A su juicio, tanto Estados Unidos como Irán han convertido los compromisos en instrumentos circunstanciales: “los pactos se cumplen de buena fe”, pero en este caso “no sirven para nada”. Alertó que esta dinámica solo genera “incertidumbre”, el peor escenario para las relaciones internacionales.
Dionisio Gutiérrez inició advirtiendo sobre el riesgo que representa la captura de la justicia para una democracia: “Una república puede soportar malos ministros, peores diputados y hasta una generación de gobernantes mediocres. Lo que no puede es sobrevivir si desaparece la justicia independiente porque cuando los jueces dejan de obedecer a la ley y obedecen al poder, el ciudadano pierde su último refugio y la nación se convierte en feudo de criminales”.
Pombo inició explicando por qué los gobiernos buscan controlar el sistema judicial. Afirmó que, con el auge del neoconstitucionalismo, “de lo que se trata es de dominar el sistema judicial”, pues el Ejecutivo busca controlar a “quien toma, en últimas, la última palabra, que es la rama judicial”. Según explicó, las dictaduras y los populismos recurren a esta estrategia porque la justicia “legitima una decisión”, la “legitima en última instancia” y hace que las decisiones “suenen colegiadas, motivadas, constitucionales” cuando en realidad responden al poder político.
Por su parte, Ghersi inició explicando que la captura de la justicia responde a una lógica propia de los países con instituciones débiles. Se refirió a la escuela de la elección pública para señalar que “en sociedades con instituciones débiles como en América Latina, en vez de competir económicamente, los grupos de interés compiten políticamente”, y advirtió que una de las formas de hacerlo es “a través de la captura o de la búsqueda de influencia en los organismos judiciales”. Agregó que algunos actores “se hacen amigos de los jueces, del sistema de justicia para mantener su poder en el mercado o perseguir a sus competidores”.
Dionisio Gutiérrez inició reflexionando sobre una parte de la juventud contemporánea que, pese a haber nacido en el mejor momento material de la historia, asume como natural la abundancia, las libertades y los derechos conquistados por generaciones anteriores. En ese contexto, advirtió que “disfruta de una abundancia que no produjo, de derechos que no conquistó, de tecnologías que no inventó y de libertades por las que otros arriesgaron la vida; pero, en lugar de preguntarse cómo conservar y ampliar ese legado, exige más, de inmediato y sin costo”. Asimismo, recordó el concepto de Ortega del “señorito satisfecho”, que recibe la civilización como si todo le fuera debido y desconoce el esfuerzo que hizo posible ese bienestar.
Gelpi señaló que los jóvenes disfruten de los beneficios del capitalismo, pero desprecien ese mismo modelo es paradójico: “El capitalismo democrático ha logrado la mayor disminución de la pobreza en nuestra historia. Sin embargo, una parte importante de los jóvenes desconfía del sistema porque vive en la cara más negativa: tiene servicios públicos, tiene servicios sociales, pero no es capaz de independizarse. Bajo este contexto, considera que más que una confrontación ideológica, lo que hay es “una frustración vital” con la sensación de que no se puede avanzar: “desde el mundo liberal y capitalista, debemos impulsar ese motor de alguna manera porque si no, los populistas nos van a devorar”. Aunque añadió que es cierto que no es posible que los Estados satisfagan todas esas necesidades.
Por su parte, Álvarez señaló que figuras como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, venden una narrativa errónea al afirmar que solo existe una mayoría, la clase trabajadora: “Incluso Marx y Engels describían el comunismo con el proletariado y la burguesía”. Además, señaló que el hablar bajo estos términos crea la narrativa de que “estamos sometidos ante el rico, ante el que oprime”, cuando realmente en una sociedad libre todos somos agentes económicos.
Dionisio Gutiérrez inició señalando que América Latina continúa atrapada en el conflicto, la pobreza y la devastación por el voto: “El voto equivocado le impone, con demasiada frecuencia, gobernantes corruptos y autoritarios”, quienes, además, “intentan que nuestros países sean cautivos de la demagogia y la sumisión que produce pueblos de esclavos en lugar de naciones de ciudadanos”.
Villamarín advirtió que el desconocimiento anticipado de los resultados electorales por parte del oficialismo colombiano es un riesgo para la democracia del país. A su juicio, el presidente Gustavo Petro y su sector político buscan “darle una lectura politizada, ideologizada y torcida a todo lo que no les conviene” y “acusan siempre de trampa al adversario”, pese a que llegaron al poder mediante el mismo sistema electoral que ahora cuestionan.
Por su parte, Flores señaló que la izquierda populista ha sido hábil “en tratar de afianzarse o imponerse en el poder”. A pesar de eso, ve positivo que nuestros sistemas electorales sean “participativos y transparentes”. Además, aseguró que los ciudadanos latinoamericanos logran reconocer que la narrativa que se ha tratado de imponer sobre fraude es falsa: “No se vale que estén gritando fraude cuando pierden. Seamos honorables”.
Dionisio Gutiérrez inició refiriéndose a la crisis que atraviesa Venezuela y al momento decisivo que enfrenta el país tras la caída de Maduro: “La tiranía de Caracas ha sido golpeada, el dictador cayó, la verdad del desastre quedó expuesta con brutalidad y, sin embargo, la libertad sigue detenida en un umbral incierto”. Aseguró que la transición es aún inconclusa y que hay un régimen que conserva estructuras de poder.
Arias aseguró que la tragedia provocada por el terremoto en Venezuela no puede entenderse de forma aislada, sino como consecuencia de más de dos décadas de deterioro institucional. A su juicio, “el verdadero drama” no es el fenómeno natural en sí, sino que el país “no está institucionalmente apto para recibirlo”.
Por su parte, Montes de Oca afirmó que América Latina atraviesa una nueva oportunidad para dejar atrás el ciclo del populismo, aunque advirtió que el éxito dependerá de que los países sean capaces de construir una alternativa duradera. A su juicio, la región vive un momento similar al de la década de 1990, con una serie de gobiernos que han comenzado a desplazar a la izquierda, mientras “aquel viejo Foro de São Paulo parece ahora acurrucado en Brasil”, donde incluso el liderazgo de Lula da Silva enfrenta un escenario de incertidumbre.