¿Será 2026 el año de la libertad para Cuba?
En el programa de esta semana analizamos el momento decisivo que vive el pueblo cubano.
Dionisio Gutiérrez inició recordando cómo hace 67 años, la Revolución cubana se presentó al mundo como una gesta redentora, pero terminó siendo “una larga pesadilla para una nación privada de su libertad”. Señaló que aquel proceso tuvo “más éxito exportando su relato falso y criminal que el azúcar, el tabaco y el ron juntos. Cuba vendió mito mientras perdía realidad. Gritó consignas mientras agotaba cosechas. Prometió romanticismo mientras llenaba sus cárceles de disidentes”.
También recordó a los poetas y escritores que resistieron desde la cárcel, el exilio o la censura: “La poesía cubana disidente no fue solo literatura, fue testimonio, resistencia y denuncia”. Y denunció que “la mentira socialista ha sido sostenida con necedad, repetida en universidades, aplaudida en foros internacionales y defendida por intelectuales que jamás la habrían tolerado en sus propios países”.
Gutiérrez subrayó las contradicciones del régimen: “Se habló de dignidad mientras se confiscaba la propiedad; de justicia mientras se eliminaba el pluralismo, de igualdad en la pobreza mientras una élite sicópata y criminal vive en privilegio permanente”. Reflexionando así, sobre el costo de esto: “Se mutiló la capacidad humana de trabajar, crear, disentir, prosperar, porque la falta de libertad y la represión sistemática matan lentamente, provocan exilio forzado, pobreza crónica, desesperanza heredada de padres a hijos”.
Además, señaló que la crisis humanitaria que vive Cuba es “la hija legítima de un sistema que destruyó la iniciativa individual y convirtió al Estado en dueño absoluto de la vida económica y política”. Una crisis que es producto del socialismo, un fracaso “incompatible con la libertad”, que es el “motor de la prosperidad”.
Por el contrario, afirmó que “cuando los ciudadanos pueden trabajar, competir, innovar y disentir sin miedo, la sociedad florece”, lo que “incomoda a socialistas y comunistas porque el éxito individual contradice su dogma”. Tras 67 años de “represión, muerte y tiranía”, aseguró que Cuba enfrenta “el agotamiento definitivo de su mentira”, pues el pueblo demanda libertad.
Para finalizar, Gutiérrez afirmó que “llegó la hora de abrir la isla a la democracia, al Estado de derecho y a la economía libre”.
En el siguiente segmento, Dionisio Gutiérrez entrevistó a Juan Claudio Lechín, economista y escritor, y a Magdiel Jorge Castro, periodista y activista de derechos humanos, sobre el momento decisivo que vive el pueblo cubano.
Lechín inició subrayando que a pesar del deseo de ver a Cuba libre, no hay información certera de “qué tan porosa está su inteligencia político-militar”, la cual tiene o ha tenido presencia en países como México, Brasil, Argentina y Chile.
Respecto al modelo socialista y el mito de la autosuficiencia revolucionaria, comentó que la Revolución cubana y su sistema se conocen de manera superficial. Agregó que La Habana tiene mucha gente colocada en distintos entes internacionales y países, como la OMS, la ONU y también a través de los programas de profesionales maestros y médicos: “Todos ellos tributan al Estado alrededor del 80 %. No hay información suficiente para saber si la élite queda con bolsones de financiamiento económico que les permiten sobrevivir”.
Por otro lado, Lechín aseguró que, de caer la dictadura cubana, caerían “todas las tiranías radicales de América Latina porque quien las maneja y les garantiza continuidad es Cuba a través de técnicas políticas, de infiltración, de información e inteligencia”. Sin embargo, a su juicio, Cuba será la última dictadura en caer en la región. Al contrario de Venezuela, en donde Maduro era un títere de Cuba, Cuba sí maneja “el ejército, los movimientos, los colectivos, la policía, el aparato de represión”, añadió.
Por último, Lechín comentó que de caer las dictaduras de La Habana, Caracas y Managua, no se podría cantar victoria de un capítulo tenebroso y destructivo ideológicamente: “Están China y Rusia. El comunismo y el fascismo son proyectos mesiánicos y mañana volverá a aparecer otro dispuesto a morir por un psicópata que articula a los tontos útiles” si no se les extrae permanentemente de la sociedad libre a quienes ahora lideran esas autocracias.
Por su parte, Castro indicó que los cubanos tienen esperanza: “Somos un pueblo que ha vivido 67 años bajo una tiranía de corte estalinista que nos hizo perder hasta las esperanzas. Lo que hemos visto luego de la captura de Nicolás Maduro nos ha traído nuevamente la añorada libertad”.
Además, agregó que Cuba vive una “crisis humanitaria no declarada” y que el colapso “no es de ahora ni de hace semanas, sino que se viene gestando desde hace mucho tiempo”. Esto, sumado a los millones de cubanos que han abandonado la isla, es la muestra del fracaso estructural del sistema socialista: “Me cuesta tanto ver todavía la condescendencia de ciertos gobiernos de la izquierda en la región, países por los cuales ha atravesado la diáspora cubana, y todavía algunos pintan ese sistema como esa utopía idílica de una sociedad mejor”.
Respecto a si es posible una transición en Cuba sin fractura interna, Castro señaló que no y, de hecho, los últimos días son “un reflejo de que la estructura del poder del castrismo no es tan sólida ni unificada como la pintan”. Señaló que un medio estadounidense “reveló que habían conversaciones directas entre Marco Rubio y Raúl Guillermo Castro, el nieto de Raúl Castro”, las cuales son “paralelas a los canales oficiales del aparato burocrático de Díaz-Canel”.
Por otro lado, afirmó que “la utopía comunista ha sido una gran tragedia para todos”. Señaló que es difícil de entender cómo “todavía hay una izquierda idílica, romántica, que son partidos que van a elecciones libres en sus países, que gustan mucho de protestar en sus democracias imperfectas, pero democracias, y que no estarían dispuestos a someterse a un sistema como el cubano”.
Sobre el papel que deben tener los cubanos en el exilio, Castro aseguró que deben tener un papel y no quedarse al margen: “Nadie es mejor embajador de nuestra realidad que los cubanos. Tenemos que tocar puertas, ir a gobiernos y hablar, contar la verdad”.
Para finalizar, Castro señaló que considera que ocurrirá algo “más rápido de lo que creemos”, pues la burocracia de Díaz-Canel está “oxidada” y “no se puede sostener mucho más bajo las mismas condiciones que hoy”.
Para ver el programa completo, haga clic aquí.

Saleh advirtió que el sistema represivo en Venezuela “está intacto” y que cualquier aparente apertura responde más a tácticas de supervivencia que a una voluntad real de cambio. Aunque reconoce que el régimen chavista recibe presión externa, insiste en que “ahí están los jueces, los fiscales, los torturadores” y que Diosdado Cabello continúa “manejando ferozmente la represión y un control de la violencia como nunca antes”.
Por su parte, Avendaño sostuvo que el régimen chavista no actúa por convicción, sino por presión directa de Washington. Señaló que están “yendo en contra de todo lo que ellos en algún momento profesaron”, pero “no lo hacen por convicción, sino por presión y por miedo”. Añadió que el cumplimiento parcial de exigencias internacionales no obedece a un compromiso democrático, sino a la necesidad de supervivencia: “Han ido cumpliendo los reclamos de Estados Unidos. Incluso si eso ha implicado el desmantelamiento del propio Estado chavista”.
Dionisio Gutiérrez inició advirtiendo sobre una de las amenazas más graves que enfrenta América Latina: la alianza entre el crimen organizado y el poder político. “Cuando el crimen organizado y los políticos se dan la mano, la política se degrada y la democracia se desfigura”, afirmó. Y explicó que, en esas circunstancias, “el Estado, que nació para proteger a los ciudadanos, se vuelve instrumento de imposición; la ley, que debía ser límite, se convierte en coartada; y la política, que es el arte de ordenar la convivencia, degenera en oficio turbio donde prosperan los peores”.
Posada inició señalando que a pesar de que Gustavo Petro “se hizo elegir con las banderas de la paz total”, en realidad ha gobernado con impunidad y ha ofrecido “ventajas unilaterales a los grupos narcoterroristas”. Es así como para ella, el peor legado que deja Petro es el de pensar que en Colombia “ser criminal paga” y abraza a quien incumple la ley y “no al que ha sido respetuoso de ella”.
Trujillo inició señalando que el fracaso en la construcción de democracias republicanas funcionales en América Latina puede explicarse a partir de dos fenómenos. Primero, el haber dejado entrar al crimen organizado, y segundo, por una generación joven desencantada, poco reflexiva que participa menos por el desencanto democrático: “Converge el crimen tradicional en la política con una suerte de olvido, de despreocupación de gente joven que quiere soluciones inmediatas”.
Dionisio Gutiérrez inició señalando que hay presidentes que se despiden dejando obras y otros, “dejando excusas y heridas”. Bajo esa premisa, afirmó que Gustavo Petro está por salir del gobierno de Colombia “con más penas que glorias”, dejando a un Estado “manchado de vergüenza, corrupción y populismo”. Recordó que Petro “ejerció el poder con imposición ideológica como forma de gobierno” y que “no fue un accidente”. Fue un proyecto que quiso avanzar “la agenda de la izquierda radical”, y que no logró consolidarse porque “en Colombia sobreviven instituciones que, maltrechas pero firmes, pusieron límites”.
Raisbeck inició señalando que Iván Cepeda, el candidato del oficialismo, es “más peligroso que Petro”. Señaló que Petro, pese a sus intenciones antidemocráticas, es una persona poco disciplinada, lo que le deja un margen de acción limitado. Por el contrario, Cepeda es alguien “muy metódico”, con una educación familiar marxista revolucionaria: “Él tiene claro que va por una constituyente para cambiar la Constitución”, aseguró.
Por su parte, Vallejo señaló que el daño más profundo que deja Gustavo Petro en Colombia es haber permitido “que el crimen ligado al narcotráfico tomara tanto espacio en el país”. Lo cual se refleja en las “extensas poblaciones donde la guerrilla y el narcotráfico son los que mandan”, pero también en el dinero que destinan estos grupos a “la justicia, en el Congreso” y en las demás esferas políticas.
Dionisio Gutiérrez inició con una advertencia necesaria sobre Iberoamérica, recordando que “la historia de la región es una crónica de ausencias voluntarias y silencios cómplices”. Señaló que, durante décadas, las élites económicas, académicas y sociales “optaron por mirar la política como un lodazal desde la orilla”, convencidas de que otros se harían cargo del desorden, mientras ese lodazal crecía hasta “terminar inundándolo todo”.
Antonetti inició asegurando que el abandono de las élites es algo con lo que se ha peleado “desde hace varias décadas”. A su juicio, “la vieja política se ha quedado en discursos que ya no sirven”, y está atrasada por no ir “al ritmo de las nuevas tecnologías”.
Por su parte, Henaro comenzó su intervención señalando uno de los problemas que enfrenta la región: “Cuando las élites capturan árbitros, normalizan la impunidad y sustituyen las instituciones por operativos, es cuando el país se vuelve un Estado débil”. Asimismo, afirmó que la democracia no es posible cuando no existen división de poderes, un Estado profesional y meritocrático y élites que vertebren el proceso político.


Aznar expresó que este libro intenta “comprender, estudiar y explicar lo que estamos viviendo. Un cambio de era que está fundamentado en dos grandes cuestiones: [primero], el fin del orden internacional (…) y su sustitución por la competencia entre poderes y, segundo, la revolución tecnológica que estamos viviendo”.
Dionisio Gutiérrez inició recordando que la historia, “que tiene memoria larga y castiga la terquedad”, demuestra que es una locura pretender que los tiranos conduzcan una transición democrática. Advirtió que pedirle a una dictadura que administre la libertad es “como pedir al lobo que presida el congreso de ovejas, o encomendar al pirómano la reconstrucción del pueblo que él mismo redujo a cenizas”. En ese contexto, señaló lo que ocurre en la Venezuela de Delcy, Cabello y Padrino, donde los dictadores solo descubren su supuesta vocación democrática cuando “el miedo les toca la espalda”: “Nunca es por virtud, siempre es por pánico. No se convierten, se disfrazan. No rectifican, calculan”.
Quiroga inició asegurando que una transición encabezada por Delcy Rodríguez es “insostenible”, pues la captura de Maduro lo quita de la ecuación, pero “sigue el resto y su naturaleza no cambia”. Además, señaló que la cooperación de Rodríguez con Estados Unidos ahora se debe a la capacidad coercitiva que ejerce el país norteamericano sobre ella. Sin embargo, al momento de levantar esa capacidad coercitiva, su naturaleza seguirá siendo la misma: “corruptos, delincuentes, asesinos”.

Antonio Ledezma advirtió que la caída de Nicolás Maduro no puede interpretarse como el fin del régimen, sino como el descabezamiento del
Dionisio Gutiérrez inició invitando a la reflexión que acompaña los primeros días de cada año, cuando “los humanos sentimos la necesidad de hacer balance, mirar lo vivido, medir lo aprendido y preguntarnos qué queremos para el futuro”. En ese ejercicio, afirmó, es clave comprender que “la felicidad, esa palabra tan perseguida como mal entendida, no es un milagro ni un privilegio, sino una ecuación humana y compleja y por eso imperfecta”.
Rojas reflexionó sobre la “felicidad razonable” como una meta posible, concreta y humana. Subrayó que no se trata de una emoción pasajera, sino de una construcción personal: “la felicidad razonable significa que hay que aspirar a algo concreto”, basada en “una personalidad equilibrada” y en “un proyecto de vida coherente y realista” sostenido en cuatro pilares: “amor, trabajo, cultura y amistad”.