¿Democracia o populismo? Una polaridad falsa

¿Democracia o populismo? Una polaridad falsa
12 Mar 2019

Se utiliza el término «populismo» para denigrar cualquier propuesta política, pero ¿está siendo bien utilizado?

La etiqueta de populista está a la orden día. En la próxima campaña electoral en Guatemala, tal y como viene usándose en la prensa, será el dardo que se empleará para denigrar a los adversarios políticos. Todo el mundo usa la etiqueta pero nadie sabe con rigor qué significa. En efecto, antes de la moda teórica actual, los peligros del populismo ya habían sido analizados, entendiéndose éste, como sinónimo de colectivismo (socialismo etc.). La historia ha evidenciado el carácter perjudicial de estas ideas una y otra vez. 

El intento por renovar el colectivismo en los países ricos, ha disociado el vocablo populismo del colectivismo. En Iberoamérica, en las últimas décadas, el socialismo del siglo XXI, catapultó un sistema socialista que solo fue tachado de populista por sus extremos militaristas, medidas económicas y persecución a la disidencia, no por socialista, debido a la carga emotiva que empieza a tener el término en países indefensos ideológicamente.  

Frente a esto existe otra versión más intelectual y rigurosa sobre el populismo. Esta versión no consiste en argumentar sobre una presunta crisis de la democracia, por irrupción de actores externos al consenso de partes entendidas, o bien, por el declive de las instituciones formales. Allí el análisis consiste en observar la reacción política en curso, en contra de la hegemonía de las élites que proliferan en Europa con ecos en otras latitudes.

La crisis de las élites estriba en el distanciamiento y desprecio que éstas tienen con realidades concretas como la familia, comunidad, nación y valores tradicionales. Este desprecio viene dado por la ideología dominante de una universalidad abstracta, heredera del proyecto ilustrado europeo-continental que empieza a fracturarse y degenerarse.

Como acertó Edmund Burke, siempre se ha tratado de una oposición entre el proyecto revolucionario en curso que pretende concretar derechos metafísicos o abstractos a una realidad compleja en detrimento de la historia y tradiciones.

Estas élites herederas de 1789, siguen hablando babélicamente sin tomar en cuenta las problemáticas sociales. Arrogantes de su papel en la historia, acusan a todo aquello que no coincida con su proyecto ilustrado con la etiqueta peyorativa de «populista». Semi-intelectualizadas como afirma Del Sol, están llamadas más a etiquetar en lugar de pensar y guiar, atacando todo aquello que no se acomode a su visión del mundo unilateral.

En lugar de asumir la naturaleza compleja del ser humano, la política moderna parece unilateral. Por ello, las élites no comprenden la tensión entre universalidad y particularismo, al punto de sostener que todo particularismo es propio de gente no ilustrada que hay que excluir.

Así, con arreglo al ideal de consenso, no se entienden realidades políticas como las de Trump, Bolsonaro, López Obrador, Brexit etc., que escapan a la afasia política imperante.

Así pues, en lugar de entender y comprender, las élites pretenden prescribir recetas de cómo acabar con los populistas, lo cual se traduce paradójicamente, en liquidar o silenciar a todo aquel que no piense como las élites. De hecho, aun cuando no existe un núcleo que permita entender conceptualmente qué se entiende por populismo, se sigue vendiendo un ideal anti-democrático que consiste en que solo los defensores de la ideología ilustrada y abstracta de los derechos humanos merecen el rótulo de demócratas. Esto no es nuevo.

Desde la ilustración francesa al comunismo internacional se ha intentado imponer a sangre y fuego el proyecto de la homogeneidad social. Por ello, el desprecio por lo rural, tradiciones, usos y normas sociales y educación ha sido sustituido por el political correctness. Por ello, frente al movimiento anti élite o populista que no se entiende, solo cabe la rabia, la cual ahora en el discurso emocional parece reemplazar la razón.