Claro y fuerte…

Claro y fuerte…
17 Sep 2015

Y si es necesario, más claro y más fuerte.

Hace apenas un par de semanas la palabra incertidumbre era la que mejor describía las elecciones 2015. Y es que si alguna característica tuvo este proceso electoral fue la incertidumbre, al punto que muchos ciudadanos incluso dudaron que las elecciones se realizaran el 6 de septiembre.

Pero vaya que las hubo, ¡y a lo grande! Asistimos a las urnas 5 millones 390 mil 005 guatemaltecos, que equivale al 71.33% del padrón electoral, lo cual supone el nivel de participación más alto desde la apertura democrática, con la excepción de la participación para la Asamblea Nacional Constituyente en 1984. Por su parte, el voto nulo y en blanco fue menor que el registrado en las elecciones de 2011.

Aunque es claro que el ejercicio de la ciudadanía debe ser una constante, una tarea del día a día, que además requiere responsabilidad y compromiso, sin duda la alta asistencia a las urnas es una buena noticia para Guatemala, y yo la celebro.

Para mí, en la particular situación política que hemos vivido en los últimos meses y especialmente en las últimas semanas, la asistencia a las urnas fue la forma en la que muchos ciudadanos dieron vida a su sentir de empoderamiento, la forma de concretar que tenían algo que decir y sobre todo algo tangible que hacer. Y a pesar de que para muchos esto suene iluso, lo que ha pasado en el país a partir de este despertar ciudadano, nos hace pensar que cada uno de nosotros todavía podemos hacer algo para incidir en la arena política.

El mensaje de la ciudadanía llegó claro y fuerte a las urnas. Tan claro y fuerte que sacudió a unos cuántos, o a muchos. Alguno por allí todavía no termina de asimilarlo y otros están tratando de buscar acomodo ante la nueva realidad.

Expresamos que estamos cansados que nos engañen queriendo comprar nuestro voto y nuestra conciencia. Estamos cansados de los políticos abusadores, los que no respetan las normas y se burlan abierta y reiteradamente de la ley. Cansados de la manipulación y desinformación. Supimos diferenciar entre las encuestas falsas y las verdaderas. Votamos por el alcalde de nuestra preferencia sin que eso necesariamente comprometiera nuestra preferencia por candidato presidencial y diputados. Intentamos oxigenar al nuevo Congreso que se estrenará en enero, y aunque no ha sido lo suficiente, algo hemos logrado.

Ya empezamos a limpiar el sistema político y eso está bien. Las protestas y la asistencia en las urnas han sido contundentes. Pero es tal el grado de infestación que como bien han dicho las consignas ciudadanas esto apenas empieza.

¿Cómo asegurar que la decencia sea la regla y no la excepción en nuestros políticos? ¿Cómo asegurarnos que los diputados se dediquen a legislar y no a transar obra pública? ¿Cómo hacerles entender que el dinero del pueblo es sagrado, que debe servir al bien común y no a sus gustos y deseos particulares y además que el Congreso de la República no es una agencia de empleo?

“¿Quién o quiénes deben ser los motores para los cambios impostergables que necesitamos en casi todas las instituciones?”

¿Cómo lograr que los diputados fiscalicen responsablemente y ejerzan una verdadera oposición política, un ejercicio de altura, el mismo que exige la grave situación que vive nuestro país en diferentes ámbitos?

El camino que nos queda es más largo todavía que el recorrido en las últimas semanas y meses, aunque en éstos hayamos alcanzado victorias que no se habían logrado en muchísimos años. La CICIG y el MP fueron los motores de esos logros que tienen que ver con desmantelar algunos focos de corrupción enraizados en el aparato de gobierno y su persecución penal.

Pero, ¿quién o quiénes deben ser los motores para los cambios impostergables que necesitamos en casi todas las instituciones?

Urge una reforma a la ley electoral, PERO no cualquier reforma. No podemos ahora permitir que se apruebe una reforma a medias. Debemos exigir con fuerza que en la reforma se restituya la propuesta del TSE en cuanto a los elementos clave para fortalecer la democratización interna de los partidos políticos y que muy convenientemente (por no decir burdamente) los señores diputados dejaron fuera.

Urge la reforma del sistema de justicia. Ya hay propuestas serias al respecto, pero lo que ha faltado una vez más es la voluntad política para hacerlo. ¿Hasta cuándo? Sin un sistema de justicia verdaderamente independiente, con las personas más honorables y capaces al frente, seguiremos dando pasos en falso.

¿Y qué decir de la reforma a la Ley de Servicio Civil? Con cada cambio de gobierno vemos cómo servidores públicos con experiencia son sustituidos por otros “allegados” al partido oficial, sin que sean los más idóneos y capaces. ¿Hasta cuándo?

El mensaje llegó claro y hasta en verso en las protestas ciudadanas: políticos corruptos, ¿están entendiendo la lección? ¡No toleraremos más corrupción!

El mensaje también llegó claro y directo en las urnas.

Pero el mensaje debe llegar aún más fuerte al Congreso. No podemos quedarnos a medias tintas ante la atención y la acción que demandan las peticiones de la población.

¿Seguimos protestando?