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The Future of Elections

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Los nuevos magistrados deben tener prestigio

 

En el Congreso ya se está realizando el proceso de renovación de magistrados del Tribunal Supremo Electoral (TSE), uno de los cinco procesos que definirán nuestras instituciones en la próxima década.

El TSE es el corazón de nuestra democracia porque se encarga de realizar las elecciones cada cuatro años, lo cual resulta fundamental para la transición pacífica del poder. 

Las elecciones deben gozar de transparencia, credibilidad y agilidad para que los ciudadanos queden satisfechos y tranquilos de que sus votos fueron respetados. Cuando la credibilidad de las elecciones se pone en duda, existe la posibilidad de pasar por graves crisis políticas, que incluso pueden llevar a la toma violenta del poder.

Lamentablemente, muchos políticos alrededor del mundo son pésimos perdedores y acusan sin fundamento de fraude electoral a los que salieron ganadores. Lo vimos recientemente en Honduras, en donde el partido oficial perdió las elecciones y de forma cínica salió a denunciar un supuesto fraude.

Guatemala pasó por lo mismo en 2023, en donde políticos sin escrúpulos, junto a actores antidemocráticos, salieron a denunciar un supuesto fraude. En nuestro sistema electoral, que depende de la participación de miles de voluntarios, es imposible un fraude. 

Quienes insisten en un supuesto fraude electoral en 2023, desconocen nuestro sistema o tienen intenciones oscuras para seguir desprestigiando la labor de más de 125 mil voluntarios.

Los comisionados de la postuladora tienen una responsabilidad enorme con el pueblo de Guatemala. Deben escoger a los candidatos que gocen de prestigio y que preserven el legado que viene desde hace más de cuarenta años. Los ojos de toda Guatemala están sobre ellos.

 

*Columna publicada originalmente en Nuestro Diario.

Guatemala: Violence does not appear out of nowhere

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¿Qué cambió para que hoy el país enfrente una nueva crisis de inseguridad?

 

Lo ocurrido en Guatemala el segundo fin de semana de enero no puede entenderse como un hecho aislado ni como una simple escalada de violencia coyuntural. Es, más bien, la manifestación visible de una crisis de inseguridad que se ha venido incubando durante años, alimentada por decisiones políticas cuestionables y un proceso de debilitamiento institucional intencional.

 

En 2009, Guatemala figuraba entre los países más violentos del mundo, con una tasa de homicidios de 46 por cada 100 mil habitantes. Para 2025, esa cifra se redujo a 17 homicidios por cada 100 mil habitantes. Esta caída no convirtió a Guatemala en un país seguro, pero sí evidenció que durante más de una década hubo cambios que contuvieron, al menos parcialmente, la violencia homicida.

 

Hasta el momento no existe un consenso entre expertos sobre las causas de esa reducción, pero la evidencia encontrada sugiere cinco factores clave:

 

  1. La reforma policial implementada entre 2010 y 2015, que avanzó en la profesionalización de mandos y procedimientos.

  2. Golpes sostenidos a estructuras criminales, producto de una mejor investigación criminal y mayor coordinación entre la fiscalía y el Ministerio de Gobernación.

  3. Los programas de prevención de la violencia impulsados a nivel municipal y gubernamental.

  4. La cooperación internacional continua, orientada a fortalecer al Ministerio Público y al sistema de justicia.

  5. Y una reconfiguración del crimen organizado, que redujo las disputas de territorio y optó por operar de forma más estratégica y menos visible.

 

Estos elementos no erradicaron del todo la violencia, pero sí se percibió una leve reducción de la impunidad en ciertos delitos y una mayor capacidad del Estado para investigar y desarticular redes criminales.

 

Una pregunta relevante es qué cambió para que hoy el país enfrente una nueva crisis de inseguridad. La respuesta es que muchos de esos avances mencionados anteriormente fueron desmontados en años recientes.

 

Entre 2018 y 2019, se desarticuló la cúpula policial formada durante los años de la reforma, bajo el argumento de depurar vínculos con la CICIG. Con ello, no solo se removieron personas, sino también capacidades técnicas, experiencia acumulada y redes de coordinación interna.

 

En paralelo, según datos del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales (INECIP), desde la llegada de la actual administración, el Ministerio Público entró en un proceso de debilitamiento sostenido. Estudios recientes muestran una caída drástica en su capacidad para ofrecer respuestas de calidad y una tasa de impunidad que supera el 90% en delitos de alto impacto social como homicidios, femicidios, secuestros, extorsiones y otros. A esto se suma un patrón alarmante: una proporción significativa de los casos reportados como “resueltos” corresponde, en realidad, a desestimaciones o engavetamiento de las denuncias. 

 

El mensaje que se ha dado recientemente a las estructuras criminales es claro: el riesgo de ser investigado, procesado y condenado es mínimo.

 

Este escenario se agrava con un sistema de justicia cooptado, un sistema penitenciario frágil y subfinanciado, y decisiones recientes en materia de seguridad mal gestionadas. Episodios como fugas masivas de privados de libertad, el manejo errático de líderes criminales que están en prisión o pactos oscuros con estos mismos en busca de una supuesta tregua, son señales de un Estado que perdió capacidad de control.

 

No extraña que las organizaciones criminales prueben límites, envíen mensajes y ajusten cuentas sabiendo que la respuesta institucional será lenta, débil o inexistente.

 

La violencia no aparece de la nada. Se construye, se tolera y se normaliza. Donde el Estado es débil y la justicia es selectiva o inexistente, la violencia no es la excepción, es la regla.

The Power of Gang Members

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Corto

El Gobierno debe actuar rápido y sin excusas


Los mareros están sembrando el terror en Guatemala y nos enfrentamos a la peor crisis de seguridad en muchos años, con las fuerzas de seguridad bajo ataque.

El problema de fondo es que las cárceles son controladas por las maras y ningún gobierno ha sido capaz de imponer orden. En las cárceles entran armas, celulares, dinero y drogas, con la complicidad de guardias que son muy mal pagados y que son presas fáciles de los grupos criminales.

Para los jefes de las maras, la cárcel resulta ser el lugar perfecto para operar. Logran imponer control, viven con muchas comodidades y no tienen que preocuparse de que los atrapen. Total, ya están pagando largas condenadas interminables.

El estado de sitio ayuda a estabilizar la crisis, pero no es la solución al problema. El Gobierno tiene que invertir mucho dinero para construir nuevas cárceles que permitan tener el control total de los criminales. Este tema urge. Sin una nueva infraestructura, será imposible imponer orden.

Las cárceles del país están totalmente obsoletas. Si algo podemos aprender del caso de El Salvador, es que una cárcel moderna y bien diseñada cumple con el propósito de neutralizar a los criminales.

Por otra parte, el sistema judicial emite sentencias para darles privilegios a los jefes de los mareros, lo que debilita al sistema penitenciario. El Congreso debe endurecer las leyes.

El ministro de Gobernación hace bien en no ceder a las presiones de los mareros, pero necesitará de todo el apoyo financiero y político para enfrentarlos. Si el Gobierno no actúa rápidamente para someter a los mareros, el problema crecerá, con un alto costo para el presidente y más luto y dolor para los guatemaltecos. 

 

*Columna publicada originalmente en Nuestro Diario

Halfway There

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Al Gobierno se le termina el tiempo para dejar un legado

 

El presidente Bernardo Arévalo cumple su segundo año de gobierno y la ciudadanía no parece muy contenta con los resultados. Hay cosas positivas, pero también hay muchas tareas pendientes.

Entre las cosas positivas se encuentran el remozamiento de escuelas, el abastecimiento de hospitales y el respeto a la institucionalidad democrática. 

No estamos ante un Gobierno que pretenda apoderarse de todas las instituciones del Estado para cometer actos ilegales, perseguir opositores y perpetuarse en el poder, como lo pretendió el Gobierno anterior. 

También se debe resaltar que el Gobierno logró que Estados Unidos nos incluyera dentro de un reducido grupo de países con condiciones comerciales favorables. Fue un éxito que beneficia a la economía nacional.

Sin embargo, también hay cosas que se han hecho mal. La inseguridad se incrementó, varios tramos carreteros se encuentran en pésimas condiciones y los presupuestos aprobados han sido irresponsables, con negociaciones oscuras en el Congreso.

La ciudadanía percibe que el Gobierno es incapaz de resolver problemas rápidamente y de mejorar significativamente ciertos servicios públicos. La fuga masiva de la prisión y el robo de armas del Ejército fueron dos duros golpes a la imagen del Gobierno.

Lo que más preocupa del Gobierno es que ya se resignó a no impulsar reformas profundas en el servicio civil o en las contrataciones del Estado. Si bien hay una propuesta de este último tema, no se está impulsando con la urgencia necesaria. 

El tiempo se le está terminando y corre el riesgo de no dejar un legado perdurable para el país. En unos meses, el país entrará en la dinámica de elecciones y nuevamente se habrá perdido una oportunidad para el país.

 

*Columna publicada originalmente en Nuestro Diario

Can Venezuela Break Free?

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El chavismo sigue controlando todo el poder

 

El año inició con la excelente noticia de que Nicolás Maduro fue detenido y extraído hacia Estados Unidos para ser juzgado por diversos crímenes que cometió durante más de 10 años en el poder.

Este arresto representa un duro golpe al régimen que ha gobernado ese país por más de 25 años. Lamentablemente, todavía no estamos ante el final de la dictadura, ya que el chavismo conserva el poder absoluto.

Ante la ausencia de Maduro, el chavismo puso a Delcy Rodríguez como presidenta y todo sigue igual. Esta misma semana varios ciudadanos fueron arrestados por haber celebrado la caída de Maduro. El régimen de terror continúa.

Trump amenazó con un segundo ataque si Delcy Rodríguez no colabora con el proceso de transición a la democracia. Rodríguez respondió desafiante que no va a colaborar con Estados Unidos y saludó a los embajadores de China, Rusia e Irán luego de tomar posesión como presidenta. 

El chavismo tomó el control de Venezuela, como lo hizo el nazismo en Alemania en los años treinta o el comunismo en Cuba. La única forma de expulsar a esos regímenes es con una invasión, ya que ejercen un control absoluto sobre las instituciones del Estado, incluido el Ejército.

La muerte de Franco en España marcó el fin de esa dictadura, pero el chavismo siguió luego de la muerte de Chávez y seguirá luego de la salida de Maduro, ya que tiene una red sofisticada de control sobre el Estado que garantiza la sucesión más allá de la ausencia de un individuo. 

Por el momento, la estrategia de presionar a los sucesores de Maduro no parece estar funcionando. Veremos si Estados Unidos está dispuesto a llevar esta estrategia hasta sus últimas consecuencias. La libertad de Venezuela depende de ello. 

 

*Columna publicada originalmente en Nuestro Diario

The difference between Chile and Guatemala

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Los chilenos cuentan con una democracia desarrollada

 

Chile tuvo elecciones presidenciales el pasado 14 de diciembre y el ganador fue el candidato de derecha José Antonio Kast. Como guatemaltecos podemos aprender mucho de la democracia chilena.

El sistema electoral chileno es muy eficiente y a las pocas horas ya se sabía el ganador. Nuestro sistema también nos permite conocer rápidamente los resultados electorales. Allí no hay diferencia.  

En lo que sí se diferencian los chilenos es que el presidente saliente, Gabriel Boric, inmediatamente llamó al presidente electo, José Kast, para felicitarlo y reconocerlo como nuevo presidente. 

Nadie puso en duda los resultados electorales. El presidente de Colombia, Gustavo Petro, lanzó criticas contra José Kast y las autoridades chilenas rápidamente protestaron por esos comentarios insensatos de Petro.

El gobierno de izquierda de Gabriel Boric muestra respeto por el presidente electo de derecha, José Kast. Por su parte, el nuevo presidente llamó a la unidad y pidió respeto por los partidos políticos de izquierda. Kast ha dicho que en un país deben ser respetados tanto los partidos de derecha como de izquierda. 

Ese ambiente de respeto mutuo en Chile es muy diferente al que vivimos en Guatemala. La extrema derecha de Guatemala quiere eliminar a la izquierda y viceversa. En nuestro país no toleramos las diferencias de opinión. Si alguien piensa distinto a nosotros es tonto, corrupto o idiota. 

La cultura democrática de Chile es mucho más desarrollada que la de Guatemala. Eso les brinda estabilidad política, lo cual es indispensable para que las empresas quieran invertir. Ojalá algún día aprendamos a respetarnos y que sea la base para construir instituciones democráticas estables y confiables.

 

*Columna publicada originalmente en Nuestro Diario

Why hasn't there been a “military crackdown” in Venezuela?

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Un intento de explicación de los últimos 12 años

 

Por lo menos desde hace 12 años, un sector destacable de la oposición venezolana ha manejado la tesis de cambio de provocar un “quiebre militar” en las Fuerzas Armadas venezolanas como vía hacia una transición a la democracia. Repasaremos los diferentes momentos de esta estrategia de cambio e intentaremos explicar por qué el quiebre no ha ocurrido (hasta el momento), partiendo de la premisa de que hay una lectura errónea de cómo funcionan los ejércitos bajo regímenes no democráticos, pero también evaluaremos si es posible que el quiebre ocurra en el futuro cercano. 

En estos últimos 12 años de madurismo y de consolidación autoritaria de revolución chavista en Venezuela, ha tendido a endilgarse exclusivamente a los errores del liderazgo opositor la incapacidad de no haber podido salir del régimen autoritario y haber propiciado exitosamente un cambio político en el país. Sin embargo, el presente análisis parte desde una óptica diferente. De hecho, la oposición venezolana ha probado varias tesis de cambio político por vía de un “quiebre militar” a lo largo de estos años y ha intensificado cada vez más los medios políticos de presión (los únicos que tiene realmente a su disposición), para provocarlo. Repasaremos esas etapas, muy a grandes rasgos, ya que por momentos se han solapado entre sí y han coexistido: 

2014: Etapa de la lucha no violenta. A partir de estrategias usadas a comienzos del XXI en países como Serbia (2000), Túnez y Egipto (2011) y Ucrania (2013), se buscaba dividir el poder coercitivo del Estado a través de la movilización social y que, en el momento de ejecutar represión, hubiera un “quiebre”, o una crisis de conciencia en los represores que los terminara desarticulando para que finalmente decidieran “voltearse” al régimen autoritario antes que provocar una ruptura entre sociedad y poder político. ¿El problema? Ya para ese momento los cuerpos represivos estaban politizados e ideológicamente alineados al régimen. En ese sentido, para los ejecutores de la represión el conflicto más bien fue interpretado como una amenaza interna y reforzó la narrativa del enemigo. En ese momento también comenzaron las primeras olas represivas extensivas y la persecución intensiva contra la población, además de varios asesinatos a manifestantes con el uso desproporcionado de la fuerza que funcionaron como “casos ejemplarizantes”, que sirvieron para elevar los costos de salir a protestar y manifestarse políticamente. 

2015-2024: Etapa de la crisis de legitimidad.  Esta es la etapa más larga y peor caracterizada a nuestro juicio. Comienza con el triunfo de la oposición en las elecciones legislativas de 2015, que abrió otro capítulo en la lucha por recuperar la democracia en Venezuela, precisamente a partir de la crisis de legitimidad que ocurrió en el país cuando el régimen venezolano instrumentalizando al Poder Judicial (totalmente politizado por el chavismo), usurparon las funciones de un poder público democráticamente electo: la Asamblea Nacional. Se esperaba que estas acciones provocaran una crisis del orden legal-racional del Estado venezolano, sin embargo, se demostró que en la Venezuela chavista, la dominación efectiva no depende de la legalidad, sino de la obediencia efectiva que se ejerce bajo vínculos de intereses, corrupción y, en última instancia, de coerción. Es decir, la chavista-madurista es una forma más “desnuda” de dominación. De allí, es lógico derivar que la FANB no es una institución separada del poder, sino directamente interesada en su continuidad. De hecho, a partir de este punto, comienza a darse una “inversión” entre ejército y gobierno que está directamente vinculada a la cada vez más inexistente legitimidad del régimen autoritario, como consecuencia de la incapacidad congénita del madurismo para ganar elecciones. Por ende, surge la necesidad cada vez más imperiosa por parte del gobierno de ser sostenido por el ejército apelando a la “salvaguarda de la revolución” como “supremo interés nacional”. De allí que la naturaleza del poder en Venezuela haya mutado: de ser en sus inicios una supuesta unión “cívico-militar”, pasó a su verdadera esencia, que es una unión “militar-cívica”. Es decir, en palabras de un filósofo venezolano, el actual gobierno es la máscara más o menos civil de un régimen esencialmente militar. 

La ventana de la crisis de legitimidad no estaba del todo cerrada y las elecciones presidenciales de 2024 plantearon una nueva oportunidad para que la oposición venezolana terminara de enterrar de una vez por todas la ya inexistente legitimidad del régimen venezolano y terminara de socavar sus intentos por presentarse ante el mundo como un gobierno más. La contundencia en la demostración del fraude electoral fue tal, que al mundo no le quedó más remedio (incluso a gobiernos de izquierda) que repudiar abiertamente y denunciar a la tiranía venezolana. Sin embargo, dentro de Venezuela, como diría Hobbes, vuelve la espada y tanto el ejército como los órganos de seguridad, asumieron (de nuevo) el rol de sostener al régimen apelando a la razón de Estado, no sin costos cada vez más extremos: desatando la peor ola de represión vivida hasta el momento con la “Operación Tun-Tun”, llegando a convertirse en uno de los países con más presos políticos del continente y despolitizando eficazmente a la población que, luego de las protestas del 29 y 30 de julio, no se ha movilizado masivamente en las calles. 

2025: Etapa de la amenaza externa directa. Si bien desde el año 2016 comenzó una batería de sanciones al régimen venezolano por parte de Estados Unidos, calificándolo como “una amenaza inusual”, de allí en adelante (sobre todo en los gobiernos de Donald Trump), la política de sanciones políticas y económicas al régimen venezolano sólo ha incrementado con designaciones por narcotráfico y terrorismo e incluso ofreciendo recompensas de varios millones de dólares por la captura de sus cabecillas. Pero aunque el venezolano ya es de los regímenes más sancionados del mundo junto con el ruso y el iraní, las mismas constituyen lo que llamamos “amenazas externas indirectas”, las cuales funcionan en la mayoría de países de la región como método para “doblarle el brazo” a los gobiernos. Así que luego de una década usando amenazas indirectas, el segundo gobierno de Trump a través de una nueva estrategia liderada por los Secretarios de Estado y de Guerra, Rubio y Heghseth, ha puesto sobre la mesa finalmente la carta de la amenaza externa directa, con un despliegue militar en el Caribe considerable que ya pasa los 100 días. Dentro de esta etapa que busca el mentado “quiebre militar”, por primera vez ya el problema venezolano dejó de ser de los venezolanos para convertirse en un tema de importancia para lo que los norteamericanos denominan su “seguridad hemisférica”. De manera que la oposición venezolana no tiene ningún rol de decisión en esta nueva etapa, más allá de lo simbólico y moral, con alguna capacidad de persuasión a lo sumo, pero bastante limitada. Como hemos dicho en otras ocasiones, en este punto, la estrategia del régimen venezolano es “esperar y ver” más no desescalar, en una apuesta arriesgada a que sea Estados Unidos quien finalmente dude en llegar a una acción de fuerza y proponga una negociación (en la que el régimen venezolano estaría en desventaja, más no liquidados), además de que también apuestan al desgaste a lo interno del gobierno norteamericano con cada día que pasa sin que se decidan, sembrando narrativas para influir en la opinión pública. 

Resiliencia, despolitización y evolución del régimen venezolano

“Toda sobrepolitización es una despolitización y viceversa”, dice el sociólogo político francés Julien Freund. No hay “quiebre” cuando el aparato coercitivo no se percibe a sí mismo como externo al régimen y por ende garante de una construcción política más amplia nacional como lo es la República que existe desde 1830 (mucho menos subordinado a esa ficción llamada “control civil”); sino que más bien se percibe como el garante existencial del régimen chavista revolucionario. Esto logrado en el último cuarto de siglo a través de la desprofesionalización y sobrepolitización donde la promoción militar depende de la lealtad ideológica, y ya no hay doctrina militar sino ideología revolucionaria y partisana. Sobre esto, refiere el politólogo estadounidense Samuel P. Huntington que los ejércitos politizados no dan golpes, los profesionales e institucionalizados, sí. Mientras más racional e institucional es el ejército, más fácil es provocar un quiebre. Sin embargo, mientras más arcaica es la forma de dominación en el ejército, más difícil es provocar divisiones porque sus estructuras dependen del mando personal de los superiores y del “espíritu de grupo” del cuerpo que lo integra. Y del lado del régimen político o gobierno: mientras la forma de gobierno tienda más a la dispersión de poder (como es el caso de las repúblicas democráticas), más fácil de derribar es. Y al contrario, mientras la forma de gobierno tienda más a la concentración de poder y a la construcción de mando (tiranía, despotismo, totalitarismo), más difícil de derrumbar. 

Luego de un inestable siglo XX en donde los golpes de Estado estaban a la orden del día, actualmente la mayoría de regímenes autoritarios han aprendido las lecciones y han desarrollado una estrategia “anti-quiebres”. La primera lección que han aplicado es la fragmentación y dispersión del monopolio de la fuerza. Aparte de las fuerzas armadas regulares, estos regímenes tienen otros cuerpos armados como los paramilitares y organizaciones irregulares, pero también (imitando los casos de Medio Oriente y África), han implementado un primer anillo de seguridad externo que se ocupa exclusivamente del gobernante y su familia, que en el caso venezolano se sabe que ese anillo son los cubanos. También desde el siglo XXI los regímenes han perfeccionado sus sistemas de espionaje interno y tienen distintos órganos de inteligencia y contrainteligencia militar y civil que compiten entre sí, lo cual resuelve el eterno problema histórico de “¿quién vigila al vigilante?”. En el caso venezolano, órganos como la DAET (antes FAES), DGCIM, SEBIN, pero luego otros cuerpos cuyas verdaderas funciones son también de control político como el CONAS, participan dentro del esquema de represión del régimen y hacen más complicada la coordinación que requeriría un eventual quiebre. 

Además de este aprendizaje “teórico”, por así decirlo, principalmente de experiencias históricas; el régimen venezolano ha “metabolizado” todos los momentos previos de intensidad política detallados antes y ha perfeccionado cada vez más sus mecanismos de control político a lo interno de su funcionamiento.

Mientras el monopolio de la fuerza siga fragmentado y disperso, y mientras las fuerzas armadas y de seguridad sigan siendo un actor interesando en perpetuar la continuidad del poder, en lugar de ser un árbitro pretoriano; la idea del “quiebre” será una expectativa de los políticos proyectada desde categorías que ya no describen al régimen real que ha mutado en los últimos 12 años. De manera que hay que plantearse el cambio político desde nuevos supuestos más realistas, además aprovechando la ventana de oportunidad que está abriendo la actual amenaza externa: aunque eventualmente el régimen pueda prescindir de alguna figura que ejerce funciones de mando político para bajar la presión sobre ellos mismos, no consentirán voluntariamente un gobierno de la oposición. 

Minimum Wage: Solution or Problem?

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El salario mínimo provoca más daños que beneficios

 

En estas semanas, el presidente tendrá que decidir si aumenta o no el salario mínimo, lo que tendrá un impacto en la economía, para bien o para mal.

En 2025 el salario mínimo aumentó 10 % y en 2024 aumentó 7 %. El salario mínimo es 17.60 % más alto de lo que era en 2023. Esto puede sonar bien, pero ¿realmente beneficia a los guatemaltecos?

Lo primero es que el salario mínimo lo reciben solo el 34 % de los empleados, que son los que se encuentran en la formalidad. El restante 66 % no recibe el salario mínimo, debido a que sobreviven en laborales informales.

En el área rural, la informalidad aumenta a 77.8 %. El ingreso promedio que reciben los trabajadores en el área rural es de Q 1,986 y en los centros urbanos del interior el ingreso promedio es Q 2,772.  Ambos ingresos están por debajo del salario mínimo de maquila de Q 3,097 y mucho más lejos del salario mínimo no agrícola de Q 3,723.

La conclusión de los datos anteriores es que, en la práctica, la gran mayoría de guatemaltecos están fuera del sistema formal y el salario mínimo es algo que no les beneficia. 

Al contrario, cuando se aumenta el salario mínimo, cuesta más que una persona pase de la informalidad a la formalidad, debido a que las empresas pequeñas y medianas tienen mucha dificultad para pagar el salario mínimo. 

Para aumentar el salario de todos los guatemaltecos, se necesita que vengan muchas empresas de todas partes del mundo a poner fábricas y que demanden trabajadores. Se necesita más productividad. Este debería ser el objetivo del gobierno.

Aumentar el salario mínimo beneficia a solo un tercio de los trabajadores, la gran mayoría ubicados en el área metropolitana. ¿Qué pasa con el resto? Olvidados, como siempre.

 

*Columna publicada originalmente en Nuestro Diario

The right turn

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Es una oportunidad para corregir el rubo

 

Varios países de la región tuvieron elecciones este año y la sorpresa ha sido la victoria de los candidatos de derecha. Parece que los votantes están “castigando” a la izquierda por no dar los resultados esperados. 

En el caso de Bolivia, luego de veinte años de la influencia de Evo Morales, finalmente ganó un candidato de derecha, en medio de una grave crisis económica, que incluye escasez de gasolina y alimentos.

En Chile, todo parece indicar que ganará Antonio Kast el próximo 14 de diciembre, con lo cual la derecha retomará el poder, luego del fracasado gobierno de Gabriel Boric. Ese país se encuentra en un estancamiento económico y una grave crisis de seguridad. 

Honduras, por su parte, le dio la espalda al partido de Xiomara Castro, quien deja el poder en medio de graves escándalos de corrupción y un creciente descontento ciudadano.  Castro fue una aliada incondicional de la dictadura de Maduro en Venezuela. 

Pero no debemos confundirnos. Este giro no implica que América Latina ahora siente una gran simpatía por las propuestas de derecha. Es simplemente que las personas buscan resultados ante las crisis económicas, sociales, políticas o de seguridad que enfrentan nuestros países. 

Si los nuevos gobernantes de derecha no aprovechan esta oportunidad para hacer transformaciones para lograr mayor crecimiento económico, mejor seguridad y más acceso a servicios públicos, la izquierda estará de vuelta en cuatro o cinco años.

Pero, sobre todo, esta ventana de oportunidad debe aprovecharse para consolidar el Estado de Derecho y hacer los cambios institucionales que permitan contar con Estados más eficientes y una auténtica democracia liberal. 

 

*Columna publicada originalmente en Nuestro Diario

A Budget Tailored to CODEDES

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El Congreso aprobó el Decreto 27-2025, que contiene el Presupuesto General de la Nación para 2026, repitiendo un patrón ya conocido.

 

El Congreso aprobó el Decreto 27-2025, que contiene el Presupuesto General de la Nación para 2026, repitiendo un patrón ya conocido: aprobación de madrugada, por urgencia nacional y con mínima deliberación. Con un total de Q163 mil millones, este es el presupuesto más alto de la historia reciente y equivale al 16.1% del Producto Interno Bruto, un nivel sin precedentes para el país.

Uno de los puntos críticos es el artículo 163, que establece una asignación extraordinaria de Q6,312.1 millones a favor de los Consejos Departamentales de Desarrollo (Codedes). El propio decreto señala que estos recursos deben destinarse “prioritariamente” a proyectos de agua potable, saneamiento, alcantarillado, manejo de desechos sólidos e infraestructura básica, pero también deja abierta la posibilidad de financiar prácticamente cualquier obra local: desde caminos rurales y drenajes hasta edificios de usos múltiples e infraestructura vial urbana.

Aunque el artículo indica que los proyectos deben cumplir procesos de planificación y publicarse en Guatecompras, la amplitud del catálogo y las excepciones incluidas, como la no aplicación de ciertas restricciones del artículo 30 Bis de la Ley Orgánica del Presupuesto en proyectos de agua, terminan debilitando los controles técnicos.

Según explicó Ricardo Barrientos (ICEFI) en una entrevista que le hice junto a Erick Coyoy (ASIES), al sumar el aporte ordinario, este aporte extraordinario y los traslados de saldos autorizados en el Decreto 7-2025, los Codedes podrían administrar alrededor de Q16,600 millones en 2026. Esto los convertiría en una superestructura de gasto con más recursos que el Ministerio de Salud, el segundo ministerio más grande en términos de presupuesto después de Educación.

El problema, señalan los analistas, no es solo el monto, sino la manera en que se distribuye. En la práctica, la tabla de asignación municipal opera con criterios políticos y no técnicos.

A eso se suma la preocupación por los proyectos incluidos en los anexos del presupuesto. Como advirtió Barrientos, muchos carecen del número de registro correspondiente en el Sistema Nacional de Inversión Pública (SNIP), lo que implica que no cuentan con estudios de preinversión, factibilidad o costos: requisitos básicos para asegurar viabilidad. Incluir proyectos sin SNIP abre la puerta a obras improvisadas, sobrevaloradas o inviables, y refleja un patrón conocido: presupuestos inflados para distribución política, no para inversión efectiva.

Otra alerta está en las transferencias a organizaciones no gubernamentales. Aunque debe revisarse en el artículo específico del decreto, los analistas señalaron que se aprobaron Q2,400 millones hacia ONG, replicando esquemas cuestionados en legislaturas pasadas y mezclando organizaciones legítimas con otras de reciente creación o vinculadas a actores políticos.

Pasemos ahora al terreno legal. Este decreto reproduce un vicio que he señalado y del que también adolece el Decreto 7-2025: la llamada “multianualidad” de los fondos de los Codedes. El artículo 54 del Decreto 27-2025 amplía el presupuesto 2026 de los Consejos Departamentales de Desarrollo con los saldos por devengar de ejercicios anteriores. Así, el dinero no ejecutado no se extingue al cierre del año, sino que se traslada automáticamente al siguiente.

Esta lógica se conecta directamente con el artículo 2 del Decreto 7-2025, que adiciona el artículo 45 Ter a la Ley Orgánica del Presupuesto y permite que los saldos no devengados de las asignaciones extraordinarias a los Codedes permanezcan disponibles en la Cuenta Única del Tesoro, además de facultar al Ministerio de Finanzas a ampliar el Presupuesto General por vía administrativa. En la práctica, ambos mecanismos crean un régimen multianual excepcional para los Codedes, al margen del principio de anualidad y de la unidad del presupuesto, y constituyen, a mi juicio, una clara inconstitucionalidad.

Además, todo este entramado tiene un costo político evidente. Para el oficialismo, el acuerdo que permitió la aprobación del presupuesto implicó pagar un precio altísimo, sin que a cambio se avanzara en leyes sustantivas para el país ni en las prioridades estratégicas del propio gobierno. Mientras se multiplicaron recursos para estructuras locales con débil control y clara utilidad política, quedaron fuera de la agenda reformas indispensables en materia de transparencia e institucionalidad. El resultado es un presupuesto que fortalece clientelas, pero no impulsa políticas de Estado.

En conjunto, el presupuesto aprobado para 2026 concentra recursos extraordinarios en mecanismos políticamente manejables, reduce controles técnicos y debilita la disciplina fiscal. Tanto la forma de aprobación como el contenido del decreto profundizan los patrones más oscuros del ciclo presupuestario guatemalteco.

 

*Columna publicada originalmente en La Hora

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