Lo que la Gran Plaga de Atenas puede enseñarnos ahora

Lo que la Gran Plaga de Atenas puede enseñarnos ahora
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Directora del área de Estudios Latinoamericanos de la Fundación Libertad y Desarrollo. Es licenciada en Historia egresada de la Universidad Central de Venezuela.
15 Abr 2020

Autor: Katherine Kelaidis

Traducción: Alejandra Martínez

Para leer el texto original en The Atlantic haga click aquí

 

La enfermedad cambió el curso de la guerra y dio forma a la paz que vendría después, plantando las semillas que destruirían la democracia ateniense.

 

Este no es el momento adecuado para una pandemia. No es que exista un momento adecuado para una pandemia, pero algunas veces es, definitivamente, el equivocado. Y no hay peor momento que cuando una nación ya está en crisis, cuando la confianza en sus líderes y en sí misma ya es baja. Un momento en que las relaciones internacionales son tensas y las luchas internas, son generalizadas. Básicamente, si la fibra social y moral de una sociedad ya se está poniendo a prueba, el miedo generalizado a la muerte a manos de un asesino invisible empeora todo exponencialmente. Afortunadamente (o quizás desafortunadamente; es muy difícil saberlo en este momento), la historia nos ofrece un buen número de ejemplos de cuándo llegó una plaga en el momento equivocado.

Y ninguno de estos ejemplos es mejor que el de la Gran Plaga de Atenas. Esta epidemia mortal se extendió por la ciudad durante el año 430 a. C., el segundo año de la Guerra del Peloponeso, reclamando quizás unas 100.000 vidas y revelando, en marcado contraste, las fisuras y fracturas en la vida y la política ateniense. La enfermedad, que los estudiosos modernos creen que era tifo o fiebre tifoidea, incluso mató al gran general y estadista ateniense Pericles, a su esposa e hijos, Paralo y Jantipo. Fue un desastre de proporciones épicas que alteró no sólo a la propia Guerra del Peloponeso, sino a toda la historia griega y, en consecuencia, a toda la historia mundial. Si bien la guerra no terminaría sino 26 años después de la primera ola de la enfermedad, no quedan dudas de que la Gran Peste cambió el curso del conflicto (siendo, al menos en parte, responsable de la derrota de Atenas) y moldeó significativamente la paz que vendría después, plantando las semillas que debilitarían y luego destruirían la democracia ateniense.

El mejor recuento antiguo de la Gran Peste, y también de toda la Guerra del Peloponeso, se puede encontrar en la Historia de la Guerra del Peloponeso, de Tucídides. Tucídides[1] fue un general ateniense exiliado de Atenas tras ser acusado de una derrota desastrosa. En el exilio, fue capaz de viajar libremente de un modo que pocos podían en ese momento, y por lo tanto suministra una descripción única de primera mano de este tumultuoso período. También padeció la peste y, aunque logró sobrevivir, hizo que su narración de los síntomas y las sensaciones de la enfermedad no solo fuera confiable, sino bastante visceral. Tucídides ha sido llamado el "padre del realismo político", y su evaluación de la peste y sus consecuencias confirman ese honor. Como pocos lo han hecho antes, o desde entonces, Tucídides entendió las formas en que el miedo y el egoísmo guían las motivaciones individuales y, en consecuencia, el destino de las naciones, cuando capitulamos ante ellos.

De manera que, en su relato de la Gran Plaga, Tucídides observa con franqueza las debilidades prácticas y morales que la enfermedad fue capaz de explotar. Señala agudamente cómo la aglomeración en Atenas, junto con las viviendas y el saneamiento inadecuados, ayudaron a que la enfermedad se propagara más rápidamente y aumentaron el número de muertes. También es consciente de que la falta de atención a importantes medidas de salud pública y seguridad permitieron que la peste se enraizara e hicieron que sus efectos fueran mucho peores de lo que hubieran sido de otra manera.

Pero Tucídides no se preocupa sólo por la forma en que la mala planificación urbana ocasionó la muerte de miles de sus compatriotas. Sino que es tanto un crítico moral como político. En su narración de la devastación de la peste, cuenta cuidadosamente los casos de desprendimiento y coraje, pero también los de egoísmo y cobardía. Está claro que, al menos para Tucídides, la muerte y el sufrimiento de una gran epidemia (al igual que la guerra) ponen a prueba la salud moral de los individuos y de las sociedades. Y un pueblo que no es moralmente fuerte, cuando se aterroriza, rápidamente cae en la anarquía y el sacrilegio: "Porque la violencia de la calamidad fue tal que los hombres, sin saber a dónde acudir, se volvieron imprudentes de toda ley, humana y divina". Lo que también está claro es que Tucídides no cree que este colapso hacia la inmoralidad sea simplemente el resultado de la peste; sino más bien, "los hombres que hasta ahora habían ocultado lo que les agradaba, ahora se volvieron más audaces". Parafraseando a Michelle Obama, las pandemias no hacen tu personaje; revelan tu personaje.

Este es realmente el peligro, tanto para Atenas como para nosotros. Y las consecuencias no podrían ser mayores. Hay una discusión, una discusión bastante buena al respecto, sobre si la democracia ateniense fue la gran víctima de la Guerra del Peloponeso. Después de que Atenas se rindió, una oligarquía pro-espartana, conocida como los Treinta Tiranos, tomó el control de la ciudad. Aunque más tarde fueron expulsados ​​en un golpe de Estado liderado por Trasíbulo (un veterano de la facción democrática de la Guerra del Peloponeso que no aceptó que la derrota de Atenas significara el fin de su democracia), la democracia ateniense nunca más recuperaría su autoconfianza y coquetearía con su propia extinción. Esta fue la Atenas que ejecutó a Sócrates (cuya relación con la democracia y los principios democráticos era complicada). También fue el mundo en el que Platón escribiría La República, el tratado político que se convirtió en la plantilla del totalitarismo durante milenios. Y cuando llegó el fin de la democracia ateniense, éste ocurrió por la conquista del rey macedonio Alejandro (Magno, por si tienes curiosidad), a quien la propia Atenas le había proporcionado su tutor, Aristóteles, un hombre que había transmitido a su distinguido alumno sus propias ansiedades y resquemores en torno a los excesos de la democracia, en particular los que son resultado de las deficiencias morales de la gente.

En medio del pánico de la Gran Peste, los atenienses habían experimentado algo sobre su mundo que nunca podrían purgar y corrieron el velo sobre algo de sí mismos que nunca podrían olvidar. Atrás quedaron los días en que podían verse cómodamente en las palabras que Pericles pronunció en su famosa oración fúnebre al comienzo de la Guerra del Peloponeso, antes de que la Plaga lo llevara a una muerte menos que gloriosa: "No sospechamos del otro... un espíritu de reverencia impregna nuestros actos públicos; el respeto a las autoridades y a las leyes nos impide actuar mal”.

La Gran Peste puso a prueba esta autoconcepción de los atenienses y el resultado dejó mucho qué desear. La autopercepción colectiva es de suma importancia, particularmente en una democracia donde la gente tiene la grave responsabilidad de gobernarse. El autogobierno requiere confianza en sí mismo. Es improbable que una democracia sobreviva cuando la gente se ha vuelto insegura de sí misma y de sus líderes, leyes e instituciones.

Durante casi cuatro años, Estados Unidos ha experimentado su propia crisis de identidad. La presidencia de Donald Trump ha sido, no sólo una serie de errores políticos y agitaciones, no sólo una sucesión interminable de incendios de baja intensidad; sino un serio desafío (posiblemente el desafío más serio desde la Guerra Civil) a los valores e instituciones fundamentales que sostienen el experimento estadounidense. Pero la aparición del coronavirus es algo completamente diferente. Para empezar, el virus nos afecta a todos de una manera que la mayoría de los fracasos de la administración Trump, para bien o para mal, no lo hacen. Ningún privilegio o desinterés puede protegerte de una pandemia. Esto es, por cierto, algo que Tucídides notó: las enfermedades se llevan tanto a ricos como a pobres, piadosos e impíos. Tom Hanks es tan susceptible como tú. Literalmente, nadie puede ignorar esto.

Pero quizás lo más importante, el virus no tiene mente. Daisy Buchanan, en The Great Gatsby, tenía toda la razón cuando notó que ser descuidada sólo es un problema si te encuentras con otra persona descuidada; es decir, cuando tienes un accidente. El presidente Trump se ha visto sustancialmente favorecido por el hecho de que no se ha topado con nadie tan descuidado como él. Sus acciones más desastrosas han sido mitigadas en gran parte por otras cabezas más frías (o al menos, no tan volátiles). Pero un virus no tiene cabeza. No sólo no tiene razón, sino que tampoco tiene motivaciones. Realmente solo está medio vivo. No tiene nada que ganar ni nada que perder. No tiene sentido de sí mismo. No tiene deseos de vivir, algo que sí poseen los animales e incluso ciertos planetas. Es por eso, que las enfermedades y las amenazas que traen nos ponen a todos al descubierto. La única alma en la ecuación es la nuestra. Es la prueba definitiva.

Es un desafío en el que, hasta ahora, Donald Trump y su administración están, como era de esperar, fallando. Lo que queda por ver es cómo lo haremos el resto de nosotros en este examen. La gente de la antigua Atenas fracasó. Ya en una época de guerra y agitación, cuando las personas comenzaron a morir de una enfermedad que nunca habían visto antes, abandonaron los valores que habían estado en el centro de su capacidad para gobernarse a sí mismos. Fracasaron en su responsabilidad mutua porque ya no creían que eso importaba. Todo lo que había sucedido antes de la crisis y todo lo que sucedió durante ella conspiró para darles la razón.

Y esto es lo que debemos resistir. La Gran Plaga de Atenas escribió el primer capítulo del ocaso de la democracia ateniense, pero no necesitamos aceptar ese destino. Lo mejor del pasado es que puede ser nuestro instructor, incluso si rara vez lo permitimos. Los antiguos griegos, en general, creían que la virtud era algo que practicabas. Como la mayoría de todos los que vivieron antes que el filósofo Jean-Jacques Rousseau, Tucídides y sus contemporáneos no creían que nacemos buenos. Nos volvemos buenos al elegir hacer el bien. Nos volvemos valientes eligiendo coraje. Superamos los vicios del egoísmo y del miedo al rechazarlos activamente. Los antiguos atenienses no pudieron hacer esto frente a una plaga y perdieron su democracia. Ahora, nos toca tomar la misma decisión.

 

[1] Junto a Heródoto, Tucídides también es considerado uno de los padres de la historiografía occidental [nota de la traductora].